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Fernando Ilabaca publica libro de crónicas vivenciales

Avezado detective desmenuza doce de sus casos más llamativos

Fabian Llanca

“Los cuerpos presentaban fenómenos cadavéricos propios de la putrefacción (saponificación), en que la piel se destruía al contacto con los dedos. La saponificación es un fenómeno cadavérico de conservación o destrucción de los tejidos blandos, que tienen similitud con las características de un jabón, ya que al tocarlos y a una leve presión se deshacen”.

En 1983, Fernando Ilabaca era uno de los peritos en huellas dactilares más antiguo de la sección especializada de la Policía de Investigaciones, y por eso recibió la orden de resolver un caso imposible: identificar los restos de una mujer y su hijo adulto enterrados en las afueras de Los Andes y que habían sido asesinados hacía más de un año, por separado, por el mismo sujeto.

El estado de los cuerpos dificultó el trabajo del especialista, pero un detalle fue clave: el hombre habia sido sepultado inexplicablemente con su pulgar derecho dentro del bolsillo de su camisa, conservando la dermis de la yema.

Detalles de esas característica abundan en 12 pasos en el crimen , libro de Ilabaca recién publicado por Planeta. El volumen reúne crónicas vivenciales que el autor acumuló entre 1971 y 2006, periodo en que se desempeñó en la policía civil. El título alude a los doce puntos coincidentes que deben tener las huellas al compararlas con éxito y también se refiere a la cantidad de casos policiales reseñados en las doscientas páginas de la publicación.

“Son casos poco comunes. En algunos funciona la casualidad y en otros la observación detallada de algún hecho. Traté de hacerlo lo más variado posible”, dice Ilabaca, asumiendo que tenía mucho material al que podía echar mano, entre asesinatos, violaciones y accidentes fatales con víctimas irreconocibles.

De su amplia bitácora eligió a un violador en serie capturado por una cajetilla de cigarrillos, el choque de trenes en Queronque y el robo de una maleta con cuarenta millones de pesos desde un auto en Providencia, entre otras historias más o menos espeluznantes.

Lograr el tono de la escritura adecuada fue un proceso complejo para el policía retirado y actual profesor en la Escuela de Investigaciones Policiales. Ayudó en esta instancia que su hija Paula, narradora y poeta, lo invitara a participar en un taller literario dirigido a personas interesadas en escribir una novela policial. “Ella trataba de darle estructura al libro y yo trataba de hacerlo más creíble. Mucha gente, influida por las series y las películas, piensa que la que ahí aparece es la realidad, pero es completamente diferente y depende de la cultura de cada país”, recalca.

–Su hija destacó primero como poeta y luego se puso a escribir novelas policiales. ¿Influyó usted en ese cambio?

–No, al contrario. Ella me inició a mí en la escritura, proceso que fue largo y difícil, porque por formación profesional tenemos la costumbre de resumir los informes. Casos que duraban dos o tres meses se reducían a dos o tres páginas. Ella me ayudó a ampliar el relato y a tratar de darles vida a algunos personajes.




01-02-2026