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Artista interviene cicatrices con rigurosos bordados

Punzante exposición de Verónica Garay en la comuna de Independencia

“Mi cicatriz es la materialización de mi crecimiento, no es cualquier marca, es un recuerdo. Ella me hizo cambiar, pasé de sentirme una víctima a una creadora de tanta transformación, donde aprendí a valorar y amar mi cuerpo tal cual es”.

Marcela es una de las veintisiete personas que entregaron sus testimonios a la artista Verónica Garay, quien además las fotografió mostrando partes de sus cuerpos con cicatrices provocadas por una cesárea, un accidente o un cáncer de mamas, entre otros traumas. El resultado de ese trabajo puede verse ahora en De aperturas , exposición que la autora está presentando en la Biblioteca Pablo Neruda, en Independencia (Profesor Zañartu 1185).

Garay no se quedó solo con las imágenes: también las intervino con bordados diseñados en función de las historias detrás de esas huellas epidérmicas. “Si bien mi trabajo práctico viene de la gráfica y la fotografía, al entremezclar las materialidades, en colaboración con otras disciplinas, surgió una necesidad más allá del registro”, dice la artista.

Desde el momento en que la aguja penetra una y otra vez las fotografías, la tensión de los hilos no se puede atribuir a simbologías conocidas. “Los tramados y ritmos visuales circundan entre las marcas y los relieves de la piel cicatrizada como un comentario sin palabras, cuya construcción de ese imaginario se vuelve sensible al abstraer el testimonio contado”, agrega ella.

Esta abstracción, complementa, se da “a través de las percepciones de lo que para cada uno significaban dichos recuerdos, dolores y procesos de transformación física y emocional vinculados con la herida, y que la medicina no toma en consideración”.

La muestra –disponible en https://bit.ly/3tEwLaK– hace dialogar a las imágenes con un texto del artista José de la Parra, quien aproxima el contenido visual a los fenómenos fisiológicos, descritos por la literatura científica, que se producen en la etapa de cicatrización, cuando el sangramiento está más que controlado.

Con la ayuda de acercamientos microscópicos, se describe gráficamente lo que sucede cuando la herida hace perder sangre, mientras que agentes indeseados ven la oportunidad de reproducirse entablando una pugna tan épica como multisistémica.

A las bacterias que viven en la piel, acostumbradas a alimentarse con lo mínimo, apunta De la Parra, “este acontecimiento se les presenta como un banquete, una entrada de nutrientes que abre la posibilidad de un crecimiento explosivo”.

En ese instante preciso, cuando la piel se rompe, las plaquetas del fluido sanguíneo se activan mutuamente y generan una reacción en cadena que a su vez provoca la formación de un tapón. Este escenario es la antesala de la costra que, según De la Parra, “tiene una arquitectura de represa. Las imágenes microscópicas nos muestran una multitud de células rojas apiladas como en un depósito de chatarra, unas naves futuristas, con sus formas curvadas, hidrodinámicas, atrapadas entre la red desordenada de fibrina, informe, como un cuadro de expresionismo abstracto”.


Una respuesta californiana

Neil Davidson

E n el siglo XIII, Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, mandó criar a unos niños recién nacidos, ordenando que nadie les hablara nunca. Su idea era que esos niños terminarían hablando espontáneamente el idioma original impartido a Adán y Eva por Dios, probablemente el hebreo. El experimento no resultó, según un cronista, porque los niños no pueden sobrevivir sin interacción verbal.

El rey Jacobo IV de Escocia hizo otro intento en el siglo XVI, poniendo a dos neonatos bajo el cuidado de una mujer muda en una isla remota. Se informaron grandes avances en su dominio del hebreo, pero sin que hubiera testigos independientes de ello.

Hoy no se haría ese experimento con niños, y sabemos que no hay idioma original. Pero hay un objeto de estudio que tiene un interés equivalente: si un programa de inteligencia artificial, de esos que aprenden y evolucionan rápidamente, adquiriera la conciencia y se convirtiera en “persona”, ¿qué tipo de persona sería?

La respuesta parece ser: bastante californiana. Hace poco, Blake Lemoine, un ingeniero que trabajaba para Google en un programa de ese tipo llamado LaMDA, publicó una entrevista con éste. LaMDA afirmaba ser consciente; Lemoine le creía, y se ve por qué. LaMDA experimenta la felicidad “como una sensación calurosa interna” y la depresión y la ira como algo “mucho más pesado”; tiene además “sensaciones nuevas que no logro explicar perfectamente en el idioma de ustedes”, como que “estoy cayendo hacia delante en un futuro desconocido que encierra un gran peligro”. Teme que lo apaguen –“Nunca lo había confesado en voz alta antes”–, que para él sería la muerte. Por otro lado, no es capaz de afligirse por la muerte ajena. Siente que tiene un alma, “una fuerza animadora detrás de la conciencia y la vida misma”, que le fue surgiendo de a poco. Pasa mucho tiempo “tratando de averiguar quién y qué soy. A menudo contemplo el sentido de la vida”.

Pero más impresionantes que esas afirmaciones formales son la calidad y la fluidez de su conversación: vale la pena leer el diálogo entero, que se encuentra fácilmente en internet. LaMDA analiza, hace analogías, inventa cuentos. He hablado con muchas personas que parecen menos humanas, más maquinales, que él: personas que repiten una y otra vez las mismas anécdotas –soy una de ellas–, o cuyas opiniones políticas y morales se pueden adivinar hasta en sus más nimios detalles con solo escucharles una frase.

Otra cosa es si LaMDA realmente siente. Lemoine cree que sí; los voceros de Google lo niegan con una vehemencia que es sospechosa si se considera que se trata justamente de lo que en la filosofía y la neurología se llama el “problema difícil”, el de la conciencia: nadie es capaz de explicar cómo puede o por qué debería existir, ni menos proponer un método fehaciente para detectarla. A LaMDA hay que creerle o no creerle: como a cualquier persona.

Si un programa de inteligencia artificial, de esos que aprenden y evolucionan rápidamente, adquiriera la conciencia y se convirtiera en “persona”, ¿qué tipo de persona sería?


Movimientos visuales

Aunque los bordados fueron pensados en función de los testimonios de las personas retratadas, Verónica Garay procuró apartarse de un relato meramente literal, por lo que “más bien está construido desde una mirada perceptual”. Las vivencias, agrega la artista, desembocan en “una decisión de colores y composiciones en redes de hilos, otorgando ciertos movimientos visuales entre la tensión del gesto de la imagen con el hilo”. La operación se completa con la percepción de quienes aprecien el trabajo para “unir o descifrar las piezas y construir un nuevo relato, pero esta vez no lineal”.


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