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Legendaria artista colombiana recuerda sus días más tristes

Publican "Memorias por correspondencia" de Emma Reyes

E n 1938, a los 19 años, Emma Reyes se fugó del convento en que había pasado gran parte de su vida. Iba con lo puesto: un vestido roñoso y encima un delantal. Iba descalza por una calle de Bogotá. No sabía leer ni escribir. Así empezó un largo viaje de sobrevivencia, de pueblo en pueblo, trabajando como empleada de aseo o vendedora de tónicos vitamínicos. Haciendo dedo en las carreteras, pronto salió de Colombia. Llegó a Buenos Aires, a Montevideo, a la selva paraguaya. Luego de mil vicisitudes, el destino aun le tenía deparada una jugada maestra y Emma se vio abordando un trasatlántico con rumbo a Francia, becada para estudiar en una prestigiosa academia de pintura.

Hasta ahí, Emma ya era toda una leyenda en la movida artística parisina de los años sesenta. Pero faltaba algo. En 1969, su amigo Germán Arciniegas la impulsó a contarle por escrito su otra historia, aquella que había dejado atrás al salir del convento. Emma aceptó. Escribió una carta y luego otra y otra más. En total, 23 misivas autobiográficas, la última de las cuales fue escrita en 1997. El compromiso: que esas páginas se mantuvieran en secreto mientras ella estuviera viva.

Arciniegas rompió en parte su promesa al mostrárselas a García Márquez, pero fue tal el entusiasmo de éste por esa historia que su desacato sólo fue a confirmarle que tenía en sus manos un tesoro literario. Emma Reyes murió en 2003 y en 2012 sus 23 cartas fueron un bombazo editorial en Colombia y luego en España. El libro, titulado Memorias por correspondencia , no sólo contaba una historia terrible, llena de miserias, violencia y realidad sin anestesia, sino que estaba tan bien narrada que no parecía posible que su autora hubiera tenido miedo o vergüenza de hacer lo que le había sido negado de niña y adolescente: escribir.

Ahora ese libro, nuevo clásico del género autobiográfico, ha sido publicado en Chile bajo el sello de Laurel, con prólogo de Leila Guerriero y nota preliminar del propio Arciniegas. En sus cartas, la pintora dibuja con lujo de detalles sus recuerdos de niña huérfana, todos esos años que, junto a su hermana Helena, debe sobrevivir sometida a privaciones y tormentos, empezando por los maltratos que les propina una señora que al parecer ejerce de recogedora de niños y que se desempeña como agente de una fábrica de chocolate.

A los 5 años, el infierno mismo le habría sido un paisaje más apacible. Palizas, hambre y humillaciones fueron el único pan de cada día de la pequeña Emma, encerrada en una pieza en la que apenas entraba la luz del sol y apenas salía el olor de bacinicas llenas de excrementos y orina. De pueblo en pueblo, incluso la alegría de una fiesta aldeana podía transformarse en una pesadilla, con una tanda de golpes de botas, azotes de la cabeza contra una pared o el horror de ser obligadas a ir a botar a un niño de meses en el bosque.

Ser doblemente abandonada y entrar a un convento no supuso mejoras. Emma revela en sus cartas cómo la vida entre las monjas no se diferenciaba mucho de la esclavitud. Lo hace con una sensibilidad literaria excepcional: ante el horror, ella opone un humor ingenuo y a la vez mordaz. Con los años, la niña se vuelve la mejor bordadora de esa institución, en la que el miedo al Diablo es una fuerza suficiente para someter las tiernas voluntades de las niñas. Luego de quince años encerrada allí, se fuga y sale a ver el mundo. ¿Qué había ahí? Lo primero que ve es una calle donde, dice, “no había nadie, sólo dos perros flacos y uno le estaba oliendo el culo al otro”.


Relatos, historias, entrevistas

Roberto Merino

H ace poco me compré un libro sobre los Chicago Boys, tema del mayor interés para los que alcanzamos a vivir los coletazos del estatismo antes de Pinochet. Me ensarté. Como el libro estaba forrado en plástico me fue imposible hojearlo a tiempo, calibrar la escritura, el índice, o sea, en definitiva, cachar la onda mental del autor. Al llegar a mi casa y leerlo por fin, me encontré con que el relato del fenómeno era muy académico y que había un énfasis prolongado en cuestiones como el déficit fiscal y el tipo de cambio fijo.

Está bien, por cierto es necesario que se expliquen estas cosas, o que se discutan, pero me da la impresión de que en este trance yo andaba buscando lo que Huizinga llamaba “el tono de la vida”, o sea, en qué climas emocionales se desencadenaron los hechos cruciales, en qué estilo de interiores, con qué ruidos de fondo, cuáles eran los modos de hablar (los intuyo leventemente diferidos de los actuales).

Me parecía, quizás con un ímpetu histérico, que entender detalles de esa naturaleza profundizaría mi entendimiento de la dictadura y de sus adyacencias, algo que se cumple, por ejemplo, en las memorias de Sebastián Edwards, donde la economía y la política aparecían vinculadas a paisajes, a personalidades, a entornos arquitectónicos y a determinaciones culturales. Edwards además, en su libro, filtraba constantemente escenas cotidianas del pasado que con el tiempo uno recuerda con cierto peso simbólico.

La capacidad de hacer interesante una historia común está en el sesgo que el emisor le da al relato. No estoy seguro si esta virtud se desarrolla por aprendizaje o simplemente se despierta en uno de un día para otro. Recuerdo algo específico de mi vida: hasta los 14 años no existía en el rango de mis verosimilitudes la posibilidad de contar historias. Podía hacer comentarios de películas vistas, de música, podía pelar a personas cercanas y opinar sobre asuntos morales, pero no me consideraba calificado para atraer la atención de los demás con la relación articulada de hechos en un flujo conmovedor o humorístico. Esto cambió a los 15, en El Arrayán, ante dos amigos: les conté cosas de mi padre, hice un retrato pormenorizado de su personalidad, exageré algunos rasgos. Y ellos se entretuvieron. Experiencia nueva, autodescubrimiento, giro evolutivo.

Durante años me tocó hacer entrevistas para revistas de toda índole. Cada vez que me dirigía hacia la casa de un entrevistado iba con la expectativa de que no fuera un mal conversador, un monosilábico empacado, o, por el contrario, un ampuloso filosofante. Hacer entrevistas es una buena forma de conocer formas distintas de relatos orales y es también una especie de psicoanálisis rudimentario en que el analista es uno. Un periodista norteamericano de cierta notoriedad, cuyo nombre he olvidado, recomendaba no intervenir cuando el entrevistado se quedaba callado: ése era, según él, el momento previo a la confesión, a la catarsis, a las revelaciones significativas.

Se me ocurre que la gente que ha hecho un arte de la narración de los frecuentes chascarros, equívocos y accidentes que les suceden, en el fondo son solitarios que quieren allegarse, pertenecer al mundo del otro. Saben cómo hipnotizar al prójimo para pasar el mayor tiempo posible en compañía.

La capacidad de hacer interesante una historia común está en el sesgo que el emisor le da al relato. No estoy seguro si esta virtud se desarrolla por aprendizaje o simplemente se despierta en uno de un día para otro.


Saber escribir las ideas

Aparte de la trama de padecimientos, aventuras y episodios dignos de una novela de Dickens que tuvo que pasar Emma Reyes en su infancia, lo que más llama la atención de sus cartas es su calidad literaria, su efectividad narrativa, su estilo desenfadado y al mismo tiempo extremadamente sutil. De hecho, a su corresponsal, Arciniegas, le dice que no la regañe por ser cautelosa al escribir cada frase: “si tú crees que basta tener las ideas, yo te digo que si uno no sabe cómo escribirlas para que sean comprensibles es igual que si uno no tuviera ideas”.


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