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Página: 92

Sin chistar

Patricia Espinosa

S on escasas, en la narrativa chilena, especialmente en los últimos años, las reflexiones sobre desempeñar o buscar un oficio, o sentirse colmado o incluso estar harto de él. Sobre el trabajo se habla poco, y menos sobre el trabajo en el mundo popular, como si fuera una experiencia que ya no vale la pena explorar o no importara.

Panaderos , de Nicolás Meneses, es una novela que se aproxima al trabajo y a un modo de asumirlo y desempeñarlo en la actualidad. Su joven protagonista se esfuerza por conseguir y mantener su oficio de panadero en un hipermercado, ya que es la única forma de sobrevivencia no solo para él, sino también para sus padres y su hermana.

William Fuentes Cisternas, personaje principal, hijo de panadero y madre temporera, no se cuestiona su clase, necesidades, obligaciones ni las implicancias del mundo laboral. Tiene absoluta certeza de lo que desea: trabajar y cumplir lo mejor posible con su oficio, para así pagar los estudios de su hermana. Esto implica largas jornadas en la panadería y mínimo tiempo para actividades de ocio.

El personaje se sitúa en un terreno donde las condiciones laborales están completamente naturalizadas: son lo que son y basta con eso. Su actitud, en tal sentido, es acrítica, de sobrevivencia en un sistema que le ofrece integrarlo a cambio de un salario, por muy miserable que este sea. Cualquier otra dimensión, rebeldía o abulia no existe. Lo que queda en pie es una maquinaria que funciona razonablemente bien, una organización social donde las piezas calzan casi de manera perfecta, donde incluso aquellos que ocupan un lugar menor demuestran conformidad.

Sin duda, Meneses escribe desde el interior de la derrota, construyendo una suerte de distopía anclada en el presente, donde los trabajadores se han vuelto funcionales al orden laboral y sus normas, que, como sabemos, suelen ir en desmedro justamente de ellos. En este mundo, el del triunfo total del capitalismo, el sujeto cree en la ley y no solo calla sino que ni siquiera es capaz de elaborar una interpelación a un sistema que funciona de manera estable. El único espacio de libertad que tienen estos personajes es la elección entre trabajar “apatronado” e instalar una microempresa en el hogar.

Con mesura y parsimonia, Meneses construye la voz interna del protagonista, quien dibuja escenarios y expone, desde una posición objetivista, sus reflexiones sobre el entorno laboral. En la vereda opuesta, todo lo relativo al mundo familiar se muestra con un sesgo subjetivo de corte naturalista, correctamente dosificado, que logra mantener bajo control el melodrama subyacente.

Además, la historia amplía con eficacia la mirada del protagonista, permitiendo que surja un inventario de la espacialidad casi con rigor documental. Así, nos enteramos de la disposición física del hipermercado, los miembros del equipo de panaderos, sus hablas, sus turnos y los distintos tipos de pan que fabrican. La presencia de minutas del área de prevención de riesgos remarca la pertenencia a una empresa que resguarda a sus trabajadores. Atrozmente, todo parece funcionar bien.

El énfasis en la taxonomía, siempre arbitraria, remarca la condición maniaca del personaje y sirve de marco a la palabra ingenua y franca de Fuentes. Su intimidad no resulta mutilada, ya que hay un pequeño y caótico mundo familiar donde su presencia pasa a ser muy importante. Panaderos es una novela fuerte que obliga a mirar con atención el proceso de deterioro de la figura del trabajador, convertido hoy en una entidad vacía y sin discurso.

Panaderos

Nicolás Meneses

Hueders, 2018, 124 páginas.


Pelotero quejumbroso

Jose Ignacio Silva

E l pasado 2 de diciembre, Universidad Católica consiguió su decimotercer campeonato, una estrella improbable si se atiende a la mínima inversión en el plantel que, a la postre, hizo lo suficiente para alzar la copa. Más allá de las voces que chaquetearon la calidad del torneo obtenido, la UC campeonó, fenómeno que, como no podía ser de otra manera, ha sido aprovechado por el mundo editorial, como lo prueba Todavía cruzado , libro del sociólogo Álvaro Bley.

Contra lo esperado, este volumen no celebra ese título ni ningún torneo conquistado por Universidad Católica. Está desprovisto de la épica que envuelve la obtención de un primer lugar; carece del delirio, la pasión, el análisis pelotero o siquiera de la alegría que genera dar la vuelta olímpica. Por descontado, el cruzado que busque eso no sólo se verá amargamente desencantado: también se encontrará de frente con una serie de cuestionamientos, enjuiciamientos, dudas y escasa fe en lo que significa apoyar a la UC. Así lo ha decidido el autor que, en vez de celebrar y homenajear al club de sus amores, decide construir un dispositivo henchido de un discurso juvenil, autorreferente y, en buenas cuentas, equívoco respecto de la vida del fanático cruzado, al menos de aquellos de las camadas más nuevas.

El volumen consta de una serie de piezas que, más que nada, sirven a la memoria y la crónica personalísimas. Así, el autor no nos pasea por hitos importantes en la cronología cruzada; más bien nos pormenoriza episodios fomes como las colas para conseguir entradas, el calor que hace en la ciudad de San Felipe, un deslucido encuentro amoroso en el estadio San Carlos de Apoquindo y alcances de nombres entre hinchas y jugadores, entre otras peripecias con insignificante asunto. Emerge el carácter millenial de Bley, que se traduce en un egocentrismo desbocado, y de ahí la desfachatada interpelación al equipo: una constante demanda de satisfacción, que la institución debiera darle a todo evento. A medida que avanzan las líneas, quien lee se percata de que esta entrega no trata sobre fútbol: el tema principal es Bley, y Universidad Católica es una excusa para hablar de sí mismo, aun cuando declare, altanero: “Encontré a la Católica, la senté en el borde de mi cama y nos pusimos a hablar”.

El autor se entrampa en cuestiones ampliamente superadas. A saber la “cuiquedad” del equipo, su filiación con la casa de estudios homónima y, ergo, con la Iglesia. Díscolo de entrada, barre con animitas como Sergio Livingstone, “ese viejo gordo y canoso, quién quiere ser como él, acá estáÁlvaro Bley”. Luego regala reflexiones que adelantan el espesor cognitivo del libro: “Me gustaba decirle Cato a la Católica porque, no sé, tenía un amigo que se llamaba Felipe y le decíamos Pipe”. Sí rompe la norma cuando, haciendo ficción, representa al jugador de Católica como un zorrón machista.

Todavía cruzado –que podría haber sido un largo posteo de Facebook antes que algo por lo que se exige dinero en librerías– confirma unas cuantas cosas. La primera es la sobrevaloración de la juventud como insumo libresco. Ahí donde se vende un discurso fresco, renovador y rebelde, en realidad no hay más que escasa intensidad y un baldío de pensamiento. Lo segundo es que el sociólogo no ve que el equipo es más grande que sus problemas y que la fe futbolera se parece a la religiosa: no se discute. Y, tercero, que los aburridísimos cuestionamientos y quejumbrosos análisis de Bley –sólo suyos– respecto de su condición de seguidor cruzado tienen un milagroso antídoto, provisto por dos frases cantadas por la barra Los Cruzados: que Universidad Católica es un sentimiento y no hay que tratar de entenderlo.

Todavía cruzado

Álvaro Bley

Planeta, 2018, 157 páginas.


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