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Ni pluma ni huevos

Antonio Gil

S iento una particular antipatía por esos seres que acostumbran a defecar sobre las tumbas. Y me resultan especialmente aborrecibles aquellos que lo hacen, solapadamente, en las de sus propios amigos y parientes difuntos, ya imposibilitados éstos –como es lógico– de esgrimir defensa alguna desde el Mas Allá.

Hace no tantos años, Jorge Edwards –siempre entregado, en su proverbial fatuidad, a coleccionar premios como esos niños tarados que juntan láminas de álbumes– no tuvo empacho alguno en bajarse los pantalones con su novela El inútil de la familia y acuclillarse sobre la tierra que cubre a su tío Joaquín Edwards Bello, el cronista y prosista brillante, que seguirá vigente cuando a su galardonadísimo sobrino ya no lo recuerde nadie. Al parecer, ese escritor nato y admirable no le heredó a su desmedrado pariente las dos cosas más vitales para un escritor de nuestro gallinero literario: la pluma y los huevos.

Ahora, con su tan condecorada obra La casa de Dostoievsky , Jorge Edwards ha repetido la valiente hazaña sobre la tumba de su “amigo” Enrique Lihn, por mucho el más importante poeta chileno de los últimos cincuenta años. Fea costumbre esa de “novelar” hechos reales, y así disfrazar engañosamente de ficción lo que se ambienta en tiempos y lugares concretos, sin más motivo que el de dar clima y sensacionalismo comercial a sus productos editoriales. Es y no es Lihn, dirá Edwards tras embolsarse el suculento premio que servirá, según sus propias palabras, para remodelar su cocina con equipos Trotter. Una gran razón para dibujar a un Lihn cafiche y hasta pedófilo.

Conocimos al poeta en 1970, cuando asistimos, junto a Juan Luis Martínez, Raúl Zurita y Hernán Castellano-Girón, entre otros que olvido, a su taller de poesía en la Universidad Católica. Y el poeta nos distinguió con su huraña amistad. Cierto es que por entonces le gustaban a Lihn el vino y las mujeres bellas. ¿A qué poeta no? Damos fe de su estilo de vida algo indolente, de su escepticismo, de su desordenado escritorio al que había que entrar como a una jungla de libros y papeles, pero también de su inmensa corrección como hombre y como creador honesto y desencantado. No había ahí ni un solo asomo de todo este excremento que hoy lo salpica. Lihn sigue más vivo que nunca entre la juventud, y no sólo en Chile. Fue un creador de lenguaje. Un maestro. Ése es el premio mayor.

¿Por qué esa persona non grata en que ha terminado convirtiéndose Edwards no va a hacer caca a Las Cruces sobre la cama de Nicanor Parra? ¿O es que no se atreve a realizar tamaño desacato? Claro, Enrique Lihn murió hace ya veinte años, y entonces parece que podemos hacer con él un impune revoltijo de ficciones y patrañas literarias sensacionalistas. Vaya a Las Cruces, don Jorge, bájese sus finos pantalones sobre la cama del antipoeta, y a ver cómo le va.

Yo, con estos ojos, vi a Edwards oficiando respetuosamente de hermano en el velorio de Lihn. Y, honestamente, me cuesta mucho verlo hoy envenenando sin motivo alguno su poderosa memoria.

¿Por qué esa persona non grata en que ha terminado convirtiéndose Jorge Edwards no va a Las Cruces a hacer caca sobre la cama de Nicanor Parra? ¿O es que no se atreve a realizar tamaño desacato?

Artista deja enigmáticos mensajes en la Quinta Normal

Isabel Motta exhibe sus obras en el Museo de Arte Contemporáneo

“Hago una apuesta por la sencillez”, afirma la artista Isabel Motta, quien, en efecto, realiza sus obras a partir de procedimientos que no parecen demasiado complicados.

La autora, por estos días, exhibe algunos frutos de su estilo de trabajo en el Museo de Arte Contemporáneo de la Quinta Normal (Matucana 464): se trata de tres instalaciones en las que, sin darle demasiadas vueltas al asunto, ha cubierto amplias superficies con cientos de cuadernos, papeles y trazos de tinta china.

Cada obra se presenta en una sala separada. Mientras la primera es un enorme mural hecho con avioncitos de papel dispuestos en forma de triángulo invertido, otra está integrada por cientos de cuadernos y croqueras que, tras ser intervenidos con símbolos orientales, han sido acumulados en el suelo hasta formar una especie de gran alfombra circular.

“Uso estos métodos porque me permiten mostrar que el arte, más que relacionarse con un virtuosismo, tiene que ver con una sensibilidad matérica”, asegura la mujer, quien además ha utilizado 788 hojas de papel (algunas blancas y otras con pentagramas impresos, pero todas cubiertas con símbolos orientales) para crear una estela que recorre los muros de una sala que mide cerca de seis metros cuadrados.

En la ficha técnica del mural hecho con avioncitos de papel, la artista informa que las 296 naves que lo constituyen fueron confeccionadas a partir de las hojas de un costoso libro de historia del arte. Ese inquietante dato, por cierto, se entrega al visitante con una intención muy definida.

“El hecho de convertir ese libro en avioncitos de papel es, claramente, una provocación. Al estar invertidos, además, los aviones remiten al pliegue femenino. Eso alude a que la historia del arte es una historia masculina y patriarcal, donde el objeto del arte, culturalmente hablando, ha sido siempre la mujer”, explica la autora.

-¿Cuáles son las motivaciones que te llevaron a hacer estas obras?

-Mi deseo de ensamblar estas construcciones viene de querer usar la tinta para intervenir el papel de distintos modos, creando dispositivos que, en principio, todo el mundo puede realizar. De esa manera, desmitifico el arte y lo acerco al sujeto medial.

-Los papeles escritos parecen anotaciones dejadas por un personaje misterioso.

-Sí, hay un intento de dejar una huella, de un camino propio de la poesía. Es un retorno a un espacio en lo más profundo de cada uno, y en el que puedes visualizar paisajes diversos, bellos, peligrosos.

Sistema productivo

A la hora de concebir y realizar sus trabajos artísticos, Isabel Motta adopta una actitud más intuitiva que intelectual.

“Me dejo llevar por la necesidad de realizar un gesto, ya sea hacer aviones de papel, caligrafiar o pintar, sin juzgar ese impulso. Al mismo tiempo, observo esa acumulación y escucho lo que me dice. A partir de eso desarrollo una figura compositiva, y ella me va señalando los elementos que requiere la obra”, explica la mujer.

“La única desventaja de ese sistema es que requiere que acumule material, y yo tengo un impulso bastante fuerte por el desprendimiento”, agrega.

 
 
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