Momia del cerro El Plomo vuelve a caminar por Santiago
Antonio Gil lanza su novela Cielo de serpientes
H ace rato ya que el poeta, narrador y columnista de este diario Antonio Gil es un autor ineludible de novelas sobre temas históricos, a la vez que un auténtico pájaro raro en el panorama de la literatura actual. En sus cuatro primeras entregas narrativas han desfilado Diego de Almagro, el Mulato Gil, Alonso de Ercilla y un mítico espejo azteca, y lo han hecho a través de un tan celebrado como inusual estilo en que se han revuelto la poesía, el preciosismo, las exuberancias barrocas y hasta la ciencia ficción.
Tras cinco años de silencio narrativo, Gil ahora vuelve a los anaqueles con su novela Cielo de serpientes (Seix Barral), en la que por primera vez se aparta de los asuntos historiográficos para meterse de plano en la prehistoria de Chile.
“Ahora soy el primer novelista prehistórico”, dice riendo. Y agrega en serio: “Bueno, el caso es que se trata de la primera novela chilena situada en un tiempo en que Chile aún no existía”.
Inspirado en las peripecias no muy felices por las que ha pasado la momia del cerro El Plomo desde que unos guaqueros cordilleranos la hallaran en 1954, el relato se interna en la vida de Cauri Pacssa, el niño inca que algún día esa momia fue y que, según Gil, estuvo vivo, o al menos no del todo muerto, hasta el momento de su profanación.
A semejanza del quipu –ese tejido de nudos con que los incas contaban sus cosas–, la novela está articulada en pequeños fragmentos que a su vez pertenecen a un “nudo” o capítulo, en los que se van alternando varias voces narrativas, entre las que destacan la del niño y la de Guaquero Viejo, uno de sus profanadores.
“Tengo la sensación de en mis libros me hago cargo del deber de hacer hablar a los que ya no pueden hablar, para que den su testimonio”, dice Gil.
Para el autor de Cosa mentale , la extracción de la momia de su lugar es un hecho lamentable y encierra una maldición que nada tiene de cinematográfica. El niño del Plomo, en la cosmovisión inca, tenía la misión de tutelar el valle y de soñarlo: “de hacerse tiempo y espacio a la vez”. Al ser convertido en una pieza arqueológica lejos de su sitio en los hielos del cerro, Santiago habría quedado a la deriva.
–Tenemos el valle totalmente contaminado –dice el escritor–, la ciudad ha crecido de manera descontrolada y, lo principal, hemos perdido de vista que vivimos en este valle. Sabemos que vivimos en barrios, en edificios, en poblaciones, pero no tenemos idea de que vivimos en el Valle Central. Estamos como en el limbo, pero en un limbo que ya va tirando para infierno, porque la dimensión síquica del valle está ausente. Bueno, la novela se llama Cielo de serpientes y algo hay de eso.
Antonio Gil aventura una tesis en su novela: que la momia del niño fue vendida a un conocido empresario vitivinícola. O que después la compró Yoko Ono. Vaya él a saber. Lo cierto es que habría cierta mafia mundial de tráfico de momias, en la que numerosos millonarios se han enredado en busca de objetos de poder, creando museos privados y colecciones enormes bajo la chapa del mecenazgo.
–El tráfico de momias –explica– viene de la misma ignorancia y la misma barbarie que alguna vez hizo exhibir al hombre elefante o que llevó a unos comerciantes belgas a mostrar familias de yaganes y selk’nam en las exposiciones de París. Vivimos en un mundo en que todo se transforma en mercancía, incluyendo objetos y seres que fueron los símbolos más sagrados del pasado. Es cosa de pongas en Google la frase “compro momia”. Te encuentras con una oferta increíble, hasta en E-Bay venden momias.
Suerte perra
Patricia Espinosa
C histe repetido sale podrido: Hernán Rivera Letelier vuelve a cocinar con la misma receta de siempre. Su nueva novela, Mi nombre es Malarrosa , es un aburrido ejercicio de autoclonación, donde, una vez más, aparecen las oficinas salitreras en sus estertores, los burdeles y las reinas del desierto, referencias al Cristo de Elqui y el ferrocarril Longino.
El relato transcurre en Yungay, durante la década del veinte y comienzos de la del treinta. Saladino Robles carga con su cojera, su suerte perra y su hija Malarrosa, a la que viste como hombre y trata con total indiferencia. Saladino es un jugador empedernido que consigue revertir su mala racha gracias al dedo cercenado por su hija al cadáver aún caliente de un jugador de póker, que le servirá de amuleto y en parte le permitirá cambiar su destino. Mañosamente, la novela incluye en su título el nombre de un personaje secundario, un elemento accesorio, totalmente prescindible, cuyos mayores méritos son maquillar finados, encontrar objetos perdidos y entablar amistad con el transformista de un burdel; así, no sólo su padre la ignora, sino que también el propio relato la abandona sin misericordia, centrándose en el padre y su amigo Bolas Tristes.
Al llegar a la página 120, se produce un doble giro en la novela: cambia el estilo de escritura y el foco de la narración. Por un lado, la historia pasa a denunciar la matanza de obreros ocurrida en la oficina salitrera San Gregorio en 1921. Por otro, surge una prosa seca, directa, sin adornos, que se escapa de la imagen de cartón piedra que suele construir Rivera Letelier. La matanza de San Gregorio fue un trágico hecho ocurrido bajo el gobierno de Arturo Alessandri Palma, donde según diversos historiadores murió casi un centenar de obreros. En siete páginas, el autor logra elevar el nivel de su relato. Definitivamente, son asombrosos los cambios en la prosa y en la perspectiva narrativa. Y una casi cree, pero le surge cierta desconfianza frente a tamaña sorpresa. Entonces alguien le pone ante sus ojos el texto “La matanza de San Gregorio”, del historiador René Balart Contreras, publicado en Punto Final en el 2004. Rivera no sólo parafrasea a Balart: además le saca o copia frases completas. Ninguna novela tiene la obligación de mencionar fuentes, pero cuando se investiga sobre un hecho histórico y se acude a documentos ajenos, lo mínimo es dejar una huella, una pequeña cita, consignar el intertexto.
Tras esas siete páginas, la novela retoma su ritmo, que es el habitual de todos los libros de Rivera Letelier. La serialización del autor al copiarse una vez más a sí mismo tanto el tema como un tipo de narración donde campean la exageración melodramática y un supuesto humor del pueblo, una suerte de standard tragedy obreril, sólo puede provocar un tedio doble o triplemente inmisericorde. Aun así, probablemente los piratas cuneteros lo honrarán como corresponde, porque Rivera es de los pocos narradores chilenos que tienen un público fiel, diga lo que diga en sus libros y se “apropie” de lo que se “apropie”: el asunto es repartir algo fácil de leer y, sobre todo, rápidamente olvidable, para vender de nuevo la misma mercadería dentro de un par de años.
Mi nombre es Malarrosa Hernán Rivera Letelier
Editorial Alfaguara, 2008, 254 páginas.
Lecciones de quechua
Al proponerse escribir su novela, Antonio Gil partió de la convicción de que no se puede entender el Valle Central en castellano. La única manera de comprender esta tierra sería en quechua, por lo que luego contrató un profesor de ese idioma.
“El quechua es una lengua muy difícil. Claro que a veces con el profesor empezábamos a ponerle y yo podía hablar quechua, aymara, mapudungún, lo que me pidieras”, señala el escritor.