Escaparate
Mejor que el vino Manuel Rojas. Lom, 2007, 268 páginas.
La reedición de obras patrimoniales chilenas siempre es loable, aun si se hace de manera cavernaria en comparación con lo que sucede en países serios. Inexplicablemente, nadie ha mostrado muchas ganas de armar una biblioteca de clásicos nacionales editada, digamos, a todo cachete. Apuntado eso, esta novela de Manuel Rojas es una bocanada de aire fresco que conduce al meollo creativo de ese escritor aventajado y monumental. Es la segunda parte de la llamada “tetralogía del aprendizaje”, que se inicia con Hijo de ladrón y que narra las peripecias de Aniceto Hevia, el entrañable personaje en que el propio Rojas se trasluce con toda su leyenda. En esta novela, el hijo de ladrón ya tiene 25 años y se ve envuelto en las vicisitudes de la iniciación amorosa, que para él transcurre en burdeles de poca monta, durante las giras de la compañía de teatro de la que es apuntador. El espesor sicológico de Aniceto, que tanta fama le dio a su autor, aquí se despliega también ante la presunta llegada de su madurez. Dice, como advertencia: “Creo que nunca llegaré a ser un hombre hecho y derecho, terminado, como un perno”. Sin alegar: lectura obligatoria.Lugar común. El motel americano Bruce Bégout. Anagrama, 2008, 180 páginas.
Luego de alcanzar cierta notoriedad internacional con Zerópolis , compacto ensayo sobre la ciudad de Las Vegas, Bruce Bégout, una de las figuras emergentes dentro de la siempre fecunda intelectualidad francesa, le hinca aquí el diente a otro icono de la cultura estadounidense contemporánea: el motel. Tan aséptico, útil y reconocible espacio –situado, según el crítico Jean-Marie Durand, “entre el confort y la inquietud”– es abordado por Bégout desde la sociología, la arquitectura, la filosofía, el urbanismo y la antropología, plurimirada que por desgracia termina por atiborrar el libro de frases e ideas que parecen inteligentes pero que demasiadas veces no pasan de ser pomposos clichés: “La vida en un motel abandona cualquier idea de singularización efectiva”, “La habitación del motel invierte la relación íntima que tejemos con el hogar”. A cambio, relucen sin contemplaciones los testimonios recogidos por el autor, tanto de usuarios reales como ficticios, estos últimos obtenidos de películas de Hitchcock, Rafelson o Wenders y novelas de Pynchon, DeLillo o Nabokov. Kavafis íntegro
Miguel Castillo Didier. Tajamar, 2008, 696 páginas.
Hay que decirlo de entrada: este libro es una perla escasa. Cuando fue publicado por primera vez, en 1991, se agotó sin dejar ni rastro. El año 2003 lo reeditó Quid Ediciones, comprimiendo sus dos recordados tomos amarillos en un ladrillito blanco de casi 700 páginas. Se agotó en cinco meses. Esa edición, cedida por Quid a Tajamar, vuelve ahora a los anaqueles, remozada con tapas duras y forro espectacular. Se trata, pues, de una nueva oportunidad para agenciarse esta doble obra maestra, en la que el silencioso, sobrio y memorable poeta alejandrino Constantino Kavafis se encuentra con Miguel Castillo Didier, su principal conocedor y traductor en castellano. La primera mitad contiene literalmente todo lo que se puede saber de Kavafis, desplegado en un impecable ensayo en que Castillo además da una lección de cómo mezclar cariño, sensibilidad y erudición. La segunda mitad son las traducciones de absolutamente todos los poemas del autor de “Los bárbaros”, “La ciudad” y tantos otros textos que lo yerguen como uno de los más singulares y significativos poetas del siglo veinte.
Agraciada artista corta Santiago en pedacitos
Valentina Matzner centra su trabajo en la peculiar arquitectura de la capital
L os impredecibles recovecos de la arquitectura santiaguina ofrecen abundantes ideas a la artista Valentina Matzner, quien, pese a su juventud (tiene sólo 21 años) ya ha convertido el rescate de anodinos rincones urbanos en una de sus marcas de fábrica.
La chica, quien actualmente cursa el último año de la carrera de arte en la Universidad Católica, ofreció una demostración de su propuesta en la muestra colectiva “Samplings”, que se presentó hasta ayer –y sólo por tres días– en la Galería Moto.
En el montaje, la autora aportó una gran composición mural (visible en la imagen que ilustra esta crónica) armada con 62 copias de una misma foto en la que se apreciaban una extensión de pasto y algunas formas rectangulares de cemento. Ordenadas por la artista, las estampas formaron la imagen de dos triángulos tumbados y unidos por sus puntas superiores.
“Para hacer esa obra ocupé una foto de una pileta sin agua que está en el Conjunto Habitacional Providencia, cerca de Carlos Antúnez. Tomé la foto en marzo de este año desde mi departamento, que está ubicado en un séptimo piso, y luego empecé a usar cada copia de esa imagen como un ladrillo o módulo para construir la pieza”, explica Matzner.
“La idea era hacer que estas fotos encajaran unas con otras, de manera de crear con ellas un dibujo mayor que fue creciendo como un puzzle o como un tetris”, agrega la muchacha.
Mucho menos cómodo fue el procedimiento que la artista empleó, en noviembre del año pasado, para intervenir los hoy clausurados accesos al paso subterráneo que hasta hace algunos años permitía cruzar la Alameda a la altura del metro Universidad Católica.
En esa ocasión, la chica utilizó elástico para crear un enorme tejido sujeto a las rejas que bloquean la entrada norte de ese paso bajonivel. Estirando al máximo las posibilidades del material, extendió las bandas entre un acceso y otro y, también, envolvió el tronco de un árbol situado cerca de las barras metálicas.
“Ese paso fue clausurado porque era muy agresivo. Resultaba muy inseguro para el transeúnte, y lo que yo hice tenía el objetivo de recuperar esos portales, hacer que volvieran a ser visibles. Eso me interesa: recuperar la visualidad de lugares de la ciudad que están muertos y que pasan inadvertidos porque se camuflan con el entorno”, afirma.
“Fue un trabajo bastante complicado, porque tuve que hacerlo sola y tenía que terminarlo ese mismo día, para fotografiarlo antes de que llegara la noche y alguien lo rompiera, pero el efecto en la gente fue bien bonito. Algunos nunca habían advertido que los accesos eran cuatro, y otros decían que se alegraban de que por fin alguien hiciera algo con esas rejas”, relata.
Situaciones chistosas
Pese a que se mueve entre diversas disciplinas, Valentina Matzner quedó encantada con el resultado que obtuvo al emplear fotos impresas para crear el mural que exhibió en la Galería Moto.
“Nunca había usado la fotografía de esta manera, y quiero seguir usando este procedimiento. De hecho, creo que mi examen de grado se va a tratar de algo relacionado con la fotografía”, adelanta.
La autora, además, comenta que la arquitectura santiaguina le resulta atractiva por su carácter “híbrido”.
“En Santiago uno ve situaciones muy chistosas, porque a veces encuentras volúmenes y estructuras que han caído en desuso y a los que nadie presta atención, y que al final son utilizados para cualquier cosa, como tirar basura, por ejemplo”, opina.