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Susurros de medianoche

Leonardo Sanhueza

E n ciertos edificios antiguos, famosos por la solidez de su albañilería, por sus lustrosas quincallerías y por la sensata pero ya reducida amplitud de sus espacios, los patios de luz cumplen el rol secundario de ductos sonoros o chimeneas en las que se entrechocan los ruidos de la vida vecinal. Es cierto que en el techo se oyen bolitas cayendo sobre el parquet, sillas que se arrastran, tacones lerdos por la edad, incluso carreras de triciclos, pero siempre se mantiene un velo de opacidad narrativa que impide saber a ciencia cierta que está ocurriendo en el piso inmediatamente superior. En el patio de luz, en cambio, las propiedades acústicas de estas construcciones hacen que todo sea explícito: el tipo de legumbres que limpia una vecina, los problemas sentimentales de una escolar moquillenta, el chasquido de un fósforo con que una pareja trepidante inicia su vigésima reconciliación de incienso y velas.

La promiscuidad de los conventillos se reproduce en estos edificios de manera ecualizada, definida, sin estridencias, dando una sensación –más voluntariosa que real– de privacidad y de bien común. Cada quien hace como que habitara un espacio encapsulado, libre de intromisiones o invasiones, íntimo a todo vapor, como de casita en la pradera, aunque a diario escucha hasta el mínimo correr de sábanas ajenas a medianoche y nada le permite suponer que sus propios ruidos no son escuchados. Se puede saber si la vecina que llena una olla con agua es la del segundo izquierda o la del tercero derecha, como también si el agua está caliente o fría según su trasfondo sonoro de cañería sola o de cañería con calefón. Sorda, ronca y explosiva: caliente. Chillante, aguda y metálica: fría. Nadie puede dar un beso, lustrarse los zapatos, tostar pan o lavarse los dientes sin ser percibido. Nadie puede hacer nada sin proclamarlo. Pasar las páginas de un libro, tecletear en un computador, rascarse los sobacos: nada.

El cine se da festines con esa situación habitacional, pero rara vez repara en sutilezas. El catre rítmico es ya un tópico del desbande erótico, la loca gritona ameniza cualquier comedia y la cañería rota señala con precisión la precariedad, pero el coro de voces búlgaras que hacen ocho refrigeradores juntos en la madrugada y el suspiro ahogado de la esposa de un operático dormido son cosas que al parecer no pueden ser filmadas en escenas plausibles. El patio de luz, en ese sentido, está siempre oscuro, aunque a la mañana siguiente, con el día claro, los rostros de los vecinos suelan salir de la niebla de sus ruidos para encontrarse en los rellanos silenciosos y darse el asentimiento mutuo: buenos días, vecino. Es una amabilidad propia de la convivencia, pero también propia de la complicidad.

A veces, sin embargo, a una hora milagrosa de la noche, hay silencio total. Entonces se escucha el ruido del edificio mismo, del teatro desprovisto de su orquesta. Es una suerte de bajo continuo, cuyo timbre seco y granulado recuerda el flujo de un reloj de arena, el ronquido lejano de un televisor encendido tras el fin de las transmisiones, el oleaje del mar encerrado en una concha de loco y otros murmullos difusos que a esa hora fermentan en el encéfalo de la gente insomne.

Dibujante convierte a gorda en símbolo erótico del Chile real

El artista Daniel González-Muniz ofrece llamativa exposición

P ocos seres humanos podrían pasar la prueba que el artista Daniel González-Muniz se impuso durante la realización de las obras que integran su exposición Mínimo común múltiplo : mientras trabajaba, el dibujante y pintor vio todos los noticieros y todos los programas de farándula que ofrece la televisión chilena.

“Fue una experiencia terrible, horrible, pero definitivamente me sirvió como fuente de inspiración”, relata el joven autor, quien aprovechó esos estímulos audiovisuales para realizar –a través de una técnica en la que se combinan los procedimientos manuales y los recursos informáticos– doce cuadros de mediano formato cuyas protagonistas son, en casi todos los casos, mujeres huesudas y aparentemente angustiadas.

El conjunto, que será inaugurado mañana en el Hotel Sheraton (Santa María 1742), también ofrece una curiosa excepción: se trata de una pieza centrada en una rolliza dama desnuda que posa como si fuera la modelo de una revista erótica y que, al igual que las otras féminas imaginadas por González-Muniz, ha sido retratada con trazos fantasiosos enriquecidos por una sicodélica paleta de colores.

“Ese cuadro, el de la gorda, habla del ideal estético que transmiten los medios de comunicación. Nos venden una imagen súper maqueteada de la mujer, en la que la mujer es erótica y súper sexual, pero lo más cercano a eso que tenemos en Chile es una mujer como la que aparece en este cuadro”, explica el artista.

“El tema central de esta muestra es la información, y en ella entrego una opinión sobre la forma en que los medios de comunicación acotan las informaciones para situarnos en lo que se supone que es importante, y que muchas veces tiene que ver con la farándula y con las vidas privadas de la gente del espectáculo”, agrega.

Para reforzar el asunto central del montaje, el autor ha intervenido sus composiciones con textos extraídos de fuentes muy diversas y que aluden, por supuesto, a la información. Mientras en algunas obras aparecen diálogos y onomatopeyas recortados de cómics, en otras ha incorporado fragmentos de titulares de prensa y de libros de historia. En unos cuantos, además, ha incluido cifras que se acumulan hasta conformar verdaderas cascadas de números.

“Todas las mujeres que aparecen en estos cuadros sufren porque algo les falta, y lo que les falta es información. Por eso algunas de ellas experimentan un cierto desapego frente a este mundo ficticio que proponen las pautas de los medios de comunicación: lo que buscan es encontrarse con lo que realmente sucede y con lo que es trascendental”, resume el expositor.

Teatro y televisión

La exposición que Daniel González-Muniz ofrecerá a partir de mañana constituye su debut oficial como creador visual tras una trayectoria que durante los últimos años ha estado ligada, más bien, a las artes interpretativas.

“Estudié arte en la Universidad de Chile pero no terminé, porque me fui a estudiar teatro en la escuela de Gustavo Meza. He trabajado en montajes en Buenos Aires y también con el director Vasco Moulian, y también he actuado en producciones dramáticas de Chilevisión”, resume el joven.

“Esta muestra es mi primer trabajo dedicado exclusivamente a las artes visuales”, agrega.

 
 
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