Las crónicas de Narnia: el príncipe Caspian
Violencia disfrazada ILeopoldo Muñoz
L a sangre es la barrera que divide a las plateas, pero su ausencia en la pantalla se ha convertido en la artimaña más eficaz para disimular el tono violento de los estrenos infantiles. Una táctica ya vista pero que en la secuela de “Crónicas de Narnia” se iguala en su mortandad a “Corazón valiente” aunque sin chorros de hemoglobina. Una adaptación Disney donde menores de edad matan y mutilan pero que por su supuesto giro inocente se ha convertido en una de las lucrativas sagas de la factoría.
Cerca de 1300 años después de las aventuras de los 4 hermanos Pevensie -Edmund, Peter, Susan y Georgia- en Narnia, el príncipe Caspian (Ben Barnes) debe huir para no ser asesinado por su malvado tío Miraz (Sergio Castellito). Durante su escapatoria se encuentra con unos pequeños narnios –seres supuestamente extintos- y toca el cuerno encantado de Susan. El sonido provoca que el cuarteto de londinenses, a sólo un año de sus andanzas en Narnia en tiempo real, regresen pero frente a un panorama muy diferente.
En un parpadear se siente la diferencia entre el primer episodio de 2005, algo edulcorado, y la presente apuesta de Adamson. Sin duda, a partir de distintos capítulos en la narrativa de C.S Lewis -autor erróneamente ligado a la literatura infantil, falacia que se traspasó al cine- el director recrea esta fantasía a punta de combates y cadáveres con el fin de cautivar, a falta de metáforas en un mundo de fábula. Porque la acción que exhibe, con derroche de efectismo, es acorde a la demanda audiovisual adolescente, pero en un imaginario que desde otra óptica podría avanzar hacia la espiritualidad de la novela original.
El nulo conflicto moral de los protagonistas es el mayor tropiezo para involucrarse con la historia porque incluso los dilemas propios de los personajes como el de Susan con sus ansias por la gris realidad londinense se disuelven entre las higiénicas carnicerías. Sin embargo, lo más increíble resulta que al “eliminar” un color, el rojo de las heridas, se aminora la percepción frente a la hecatombe en escena y a la vez elimina cualquier rastro de dolor y arrepentimiento entre los protagonistas que enarbolan la tolerancia.
“The Chronicles of Narnia: Prince Caspian”
Estados Unidos, Gran Bretaña. 2008. Director: Andrew Adamson. Con Ben Barnes, George Henley, Skandar Keynes, William Moseley. 144 minutos. Todo espectador.Verdades que matan
El peor favor III
La serie de brutales crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, un poblado mexicano en la frontera con Estados Unidos, estaba clamando hace rato que alguien la convirtiera en película y así llamar la atención del mundo en pro de justicia. Pero tras ver el filme protagonizado por Jennifer Lopez y Antonio Banderas, en realidad uno descubre que el favor no fue tal.
Decir que esta cinta resulta inverosímil, ridícula, por momentos torpe y hasta groseramente prejuiciosa es poco. “Verdades que matan” está más cerca de la parodia que del drama, es una mala película que abusa de un tema que exigía más respeto, es un cúmulo de buenas intenciones convertidas en mamarracho.
Lo que más ofusca es que detrás de la cinta está un director de origen latino como Gregory Nava, responsable de títulos más decorosos como “Mi familia” y “Selena”.
Nava, tras el estreno, contó que estuvo sujeto a muchas presiones, pero eso no justifica una película que jamás resulta real, que se enreda en su propia verborrea e insólitos diálogos sobre la idiosincrasia indígena. Todo mal.
Elizabeth: la edad de oro
Culebrón real HI
Melodrama romántico sobre una reina y su amor imposible: bajo esa premisa, Shekhar Kapur dirige la segunda parte de la trilogía inspirada en Isabel de Inglaterra. Pero opera a partir de un proceso inverso; la historia pasa a ser secundaria y cobra importancia la reina en su rol de mujer, enamorada de un pirata (Clive Owen) y sumida en las intrigas de su corte.
En ese contexto, la traición de María Estuardo, la inquisición española, la explosión de la guerra, constituyen elementos donde Elizabeth -una potente Cate Blanchett- puede manifestar su fuerza y su poder. Pero el pueblo y los conflictos políticos y religiosos -aunque presentes- quedan subyugados por los primeros planos y movimientos de cámara sugestivos e insistentes, que buscan descifrar la compleja intimidad de la reina. A diferencia de la primera, la fuerza de esta entrega radica en sus aciertos estéticos y audiovisuales más que en su argumento.