La U ganó apenas un partido que, menos mal, nadie pudo ver
Entretelones del insólito, lentísimo y casi irreal encuentro en que los azules vencieron a Concepción
A las 17.07 en punto, hay en la tribuna Rapa Nui del Estadio Monumental un camarógrafo y su asistente, que para su deleite, pueden comunicarse a gritos de un lado a otro. Dos señoras con credencial de la U, que son parte de la organización, los miran a cierta distancia. De repente, tres niños, quienes claramente se colaron con alguien, irrumpen en las gradas. Los relatores radiales tratan de identificarlos, pero pronto desisten. De verdad, por acá no anda casi nadie.
En la cancha, cinco tipos arreglan los últimos detalles de los carteles publicitarios, cuatro jóvenes con peto pelotean en medio del calor infernal, ocho fotógrafos obturan sus cámaras y 31 pajáros se posan de a poco en el vacío gramado, dotando al espectáculo -que ya es curiosísimo- de una atmósfera levemente hitchcockiana. La irrealidad de la situación, de alguna manera, se puede emparentar con algún suspense.
Es como si algo inesperado fuera a pasar. Al frente, en la tribuna Cordillera, un inmenso lienzo azul con la leyenda “Barra azul, pasión positiva” recuerda a los asistentes que si en este lugar no hay público, eso se debe a que la barra, un día no muy lejano, se portó mal.
Con la bandera de la U flameando sobre la cabecera norte, en algo que le provocaría urticaria a la Garra Blanca, los jugadores salen a la cancha con un lienzo contra la violencia, acompañados de seis interesantes promotoras. Pero lo más insólito ha ocurrido tres minutos antes: la terna arbitral sale a la cancha y nadie la pifia.
El “dale León” que apenas se percibe desde adentro del estadio delata la presencia fiel de algo más de 70 hinchas, que gritan desde fuera del recinto. Desparramados en la tribuna Océano, Marcelo Salas, Walter Montillo y Rafael Olarra departen animadamente mientras la pelota se mueve. Salas es el que más habla, con un cuarto personaje de civil, que, envalentonado amenaza “apenas termine el primer tiempo me voy”. Salas lo mira con cara de circunstancia.
La ausencia de sonido ambiente permite darse cuenta de otras cosas que uno olvida cuando la masa se manifiesta. Sin elementos externos, el fútbol, crudo, queda en evidencia, y no se puede dejar de notar la extenuante lentitud con que se juega. Pipa Estévez, uno de los refuerzos más sonados, rápidamente comienza a caminar por la cancha, ante la impunidad que entrega el hecho de que en las gradas nadie se queje.
Por eso, el gol de Villalobos, a los 5 minutos, parece irreal. Emilio Hernández muestra chispazos de sus genialidades, pero inevitablemente termina haciendo una de más.
Al otro lado está Concepción, un equipo visitante con siete cadetes en cancha y sin entrenador. Las instrucciones las vocea un ayudante desde la tribuna a un tercer personaje, que sí puede estar en la banca. “Dile al Jonathan que está jugando de lateral, no de central”, se escucha clarito.
Como la visita opta por el refugio total, sus avances quedan reducidos a lo que puedan hacer arriba Gazale y Cortés, verdaderos náufragos en la ofensiva. Hernán Caputto, el portero azul, se aburre como ostra al principio. También es posible percatarse de lo odioso de su función: les grita todo el partido a los defensas, para que corrijan su posición, aunque la pelota esté en el área rival.
El partido cada vez es más fome y nadie entiende cómo Concepción logra el empate, con un rápido contragolpe finalizado por Gazella, mientras Sabino Aguad invita a Federico Valdés a pasar la fiaca conociendo las bondades del frigobar que hay en el sector VIP -propuesta que Valdés declina-, todo se ve más lento de lo habitual. Se oyen rejazos después de los tiros desviados. En ese contexto, algunos ni siquiera se dan cuenta del triunfo azul, que llega casi en los descuentos, con un tanto del joven Eduardo Navea. Entremedio, ha habido un momento de letargo eterno. Menos mal que no vino público a ver esto.