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Chapsui de rottweiler

Leonardo Sanhueza

N o existe argumento alguno, no al menos en los planos de la estética, la zoología y la nutrición, para sostener la idea de que un perro faenado y ensartado en un gancho de carnicería es más repugnante, nauseabundo o incomestible que una cabeza de cerdo, una palangana de chunchules o una bandeja de hígados de pollo. Y ni siquiera hay que ponerlo en esos términos dramáticos y viscerales. ¿Cómo podríamos defender la comestibilidad de un pavo, por ejemplo, manjar de las navidades norteamericanas y de los enfermos en los hospitales, con todo su soberano moco colorado y copromorfo colgándole a un lado de su cabeza de jote tiñoso y sarnoso y soriático, y despreciar después la de un lindo poodle recién salido de la peluquería o la de un musculoso rottweiler alimentado con guachalomo clase V?

Por muy feo, tonto, idiota, inútil, faldero, policial, ruidoso o asesino que haya sido en vida el malogrado can, nada razonable podemos decir en contra de su comestibilidad. Seguramente es posible categorizar la carne de perro en el aspecto culinario, es decir, situarla comparativamente, en relación a otras carnes, en términos de su sabor, textura, grasitud y demás variables de la cocina. Podemos también determinar si es una carne más apta para la olla que para la parrilla o menos rendidora en el horno que en la sartén. Podemos incluso valorarla bien o mal en cuanto a su efecto en la vida saludable. Pero nada que digamos la hará menos comestible.

Por lo demás, un perro, a ojo de buen mamífero carnívoro, parece harto más apetitoso que un pulpo, un piure o un picoroco. Hay muy pocos animales agradables a la vista en su etapa inmediatamente previa a la elaboración culinaria. En general, los pescados de río y los de aguas templadas siempre pasan con dignidad –y hasta con belleza– el examen ocular, pero el resto de la fauna, tras ser faenado, es definitivamente horrible, atroz, antiestético. En un universo de ridículos pollos desplumados, lenguados deformes, chanchos paliduchos, congrios con cara de enfermos del mate, corderos malolientes, jaibas de tenazas amenazantes, vacas con la lengua afuera y calamares lacios como guantes quirúrgicos, la verdad es que un perro sale bastante ganancioso.

Sin embargo, ahí lo vemos al infeliz: descuartizado y colgado en una carnicería china, como una instalación de arte moderno, produciéndoles todo tipo de náuseas, morisquetas y pensamientos raros a unos estudiantes de ingeniería comercial que hasta ayer no más podían trotar tranquilos por Santa María de Manquehue, meditando sobre la estela luminosa dejada por la economía del Celeste Imperio en su viaje a las esferas divinas, enteramente confiados de que el concierto global había hecho de la gastronomía un arte decente, de chuletitas como orquídeas flotando entre arándanos y escamas de chocolate sobre una inmensidad de porcelana e hilillos cósmicos de caramelo y merquén.

A estos futuros ingenieros habría que reprobarlos ipso facto en todas sus asignaturas. Jamás harán un buen negocio. Se quedaron atrás, entre los regodeones de las vienesas pulpito. Dicen que China será, dentro de poco, la primera potencia mundial. Ergo, el lema es: adiós a los hot-dogs, bienvenidos los dogs a secas. La cosa es estar donde las papas queman y atestiguar el futuro como corresponde: moviendo la cola.

El pubis femenino protagoniza emotiva muestra fotográfica

El experimentado José Moreno exhibe sus trabajos en el barrio Lastarria

“Aquí está el lugar donde se origina la vida, entre el pubis y la vagina, el útero y la memoria intrauterina”, dice el experimentado fotógrafo José Moreno cuando se le pregunta cuál fue el motivo que lo llevó a crear la serie de estampas que está presentando en Antrofino Bistro Bar (pasaje Rosal 346, barrio Lastarria).

Guiado, evidentemente, por las mismas ideas que Gustave Courbet sugirió hace más de 150 años en su célebre cuadro El origen del mundo , el autor ofrece una decena de instantáneas en las que esa imprescindible zona de la anatomía femenina aparece decorada con objetos representativos de sus propias inquietudes y pasiones.

Una de las piezas más llamativos es la que se ve en la fotografía que ilustra este artículo, donde el vello púbico sirve como telón de fondo para la exhibición de una medalla religiosa donde el inconfundible rostro de Cristo aparece rodeado por una leyenda que dice ¡Deténte! El corazón de Jesús está conmigo .

“La medalla que se ve ahí es comúnmente llamada deténte, y las personas católicas suelen ponerlas deterás de las puertas de sus casas para detener los males y demonios que vienen de afuera. En este caso la he situado en la vagina de la mujer para aludir a la exigencia de que ellas lleguen vírgenes al matrimonio, algo que por suerte ha empezado a cambiar”, explica Moreno.

El profesional, quien a fines de los años 70 se unió a la recordada Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI) para registrar el Chile de la dictadura, define la muestra como “una autobiografía o retrospectiva emocional” dedicada a los hechos que han marcado su vida.

Debido a ello, entre los objetos que cubren los pubis es posible encontrar el emblema de la hoz y el martillo (alusión a su propia militancia comunista), un corazón invertido (símbolo de los altibajos emocionales que ha experimentado) y un espejo con forma de corazón donde, para dejar su firma, ha dejado que aparezca el reflejo de su cámara.

Carta para Chile

Además de la serie de fotos centrada en pubis femeninos, la muestra que José Moreno exhibe en Antrofino Bistro Bar incluye un grupo de composiciones en el que destaca una donde la bandera chilena ha sido convertida en un sobre para cartas decorado con una estampilla ilustrada con el retrato de Salvador Allende. Junto al sello se ve un texto, estampado con timbre, que dice Dirección equivocada – devuelta al remitente .

“Esa pieza habla del olvido que muchos chilenos han mostrado frente al centenario de Allende, y por eso la carta o discurso que él envió a los chilenos el 11 de septiembre de 1973 aparece como algo que nadie reconoce en la actualidad”, explica el autor.

 
 
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