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Las familias chilenas vivimos encerradas en el misterio

Jorge Marchant presenta su nueva novela, El amante sin rostro

N i aunque quisiera podría el escritor Jorge Marchant terminar con el modo de vida que tiene hace unos cinco años y que lo obliga a pasar seis meses en Nueva York, donde está su pareja, y seis meses en Santiago, donde está su trabajo.

“Si no viniera un tiempo a Chile, la actividad literaria se dificultaría enormemente. Es tan débil la presencia de los escritores aquí, que si yo desapareciera geográficamente nadie se acordaría de mí. Hablo de un escritor medio, porque yo no soy una estrella”, dice.

Hasta julio, el autor de La Beatriz Ovalle y de Sangre como la mía estará en su mitad chilena del año, haciendo las cosas propias de su oficio.

Esta tarde, sin ir más lejos, presentará su nueva novela, El amante sin rostro , historia donde un joven autor, Matías, se va precisamente a Nueva York para seguir unos cursos de literatura. En esa ciudad se queda en el departamento de su glamorosa tía Isabel, hermana de su padre, con quien establece una relación que va revelando al lector suculentos secretos de familia.

“El desarraigo es el eje central del libro”, comenta Marchant, y vuelve sobre el tema de su doble residencia para contar que no es fácil, que implica sacrificios.

“Cuando estoy acá, echo de menos la vida de allá y cuando estoy allá… la verdad es que me acuerdo bien poco de Chile, je”, confiesa.

-Qué ingratitud.

-No. Estando allá, Chile crece en términos de visión y eso es muy importante para el trabajo literario. Crecen los aspectos críticos, cómo uno observa a la sociedad chilena y eso es bueno, porque mis últimos tres libros han surgido de la experiencia de estar en Estados Unidos.

-Decía que el desarraigo es el eje central de El amante sin rostro .

-Sí, transcurre en Nueva York, pero se remite permanentemente a Chile, porque los personajes no pueden olvidar ni desconocer sus raíces. La protagonista ha estado casi toda su vida en Estados Unidos, está casada con un norteamericano, pero es incapaz de dejar de mirar su pasado y el drama que arrastra. Su nexo con Chile es su sobrino, que entra en un mundo que no conoce.

-Matías no sólo descubre una ciudad, sino también episodios familiares ocultos.

- Ahí entra en juego el gran tema de fondo, que es el gran tema de la literatura: la familia. Y en la familia chilena, la vinculación con el catolicismo y con la fuerte presencia del ocultamiento. Las familias chilenas vivimos encerradas en el misterio, en no querer decir lo que de verdad está sucediendo.

-A través del personaje de un sacerdote, la novela habla de la homosexualidad, que fue el tema central de Sangre como la mía .

-Sí, Sangre como la mía fue una novela emblemática, que me abrió un mundo. Era una novela difícil y por eso me preparé y esperé a ser capaz de escribirla. Me está dando grandes satisfacciones: acaba de salir en España y se publicará en los próximos meses en Francia. Es una obra que hacía falta en la literatura chilena.

-Por esa obra obtuvo un reconocimiento inusual, además.

-Sí, la crítica fue bastante elogiosa, también los escritores y el público. Creo que la gente sintió el aporte y la sinceridad de la novela.

Cómeme, perro

Antonio Gil

E l Chico, el Cholo, el Nerón, el Fósforo y la Martina, por fin solos, vagan dichosos por las inmensas extensiones de ceniza de Futaleufú y Chaitén, con todas las gallinas disponibles para tomar desayuno y con todas las ovejas y terneros para pegarse un almuerzo inolvidable. Esos perros volcánicos están viviendo un sueño, una fantasía atávica que años de pellets insípidos y grasientos no han logrado sacar de sus mentes perrunas. Cazar un cordero y darle la dentellada certera: qué maravilla. Lamer la sangre humeante y relamerse de gusto. Es el llamado de la selva, ante el cual esas antiguas fieras de las estepas aperran como en los tiempos remotos de sus mayores.

Mientras tanto en Santiago unos seres pálidos y acongojados nos hablan, con el pechito apretado, casi a punto de largarse a llorar, de la necesidad urgente de rescatar a esas mascotas de un lugar tan, pero tan peligroso. Para los perros, no hay peligro peor que los palos y las patadas de sus dueños. Para los calambrientos miembros de las organizaciones cuidaperros u otras similarmente tediosas asociaciones pro defensa animal, es la gran oportunidad de sacar la voz, tiritona, en defensa de unas bestias que se las están arreglando de lo más bien solas. Y es la gran ocasión de hacerse de una nueva remesa de euros para seguir con su cantinela lloriqueante de jeremías zoofílicos.

Esos quiltros –falderos, pastores o del oficio que sea– nunca han estado mejor en toda su vida que ahora, dándoles el bajo a los potrillos, a los pavos, a los patos y a cuanta cosa se mueva sobre el polvo. ¿O alguien imagina a un perro muriéndose de hambre entre manadas de cuadrúpedos y plumíferos hechos de pura carne? Mientras hablan los protectores de los caninos en alguna institución pasada a parafina, donde entre sollozos se toma café descafeinado y se comen galletas, en Chaitén el Bimbo, el Ciriaco, la Perla, el Nerón y el Colo se han convertido en verdaderos dingos, esos perros salvajes y felices de las estepas de Australia. Qué poco conocen de perros estos mentecatos que rasgan vestiduras por traerlos a un lugar seguro donde caigan de nuevo bajo la dictadura de sus amos: huasos brutales, viejas histéricas, niñitos hinchadores y abusivos.

Se acabó: la erupción ha traído consigo la gran revolución de los perros y eso es un proceso irreversible. ¿Que pronto morirán? ¿Que les queda poco de vida? ¿Y a quién no le queda poco, guarenes de ciudad que aman al perro esclavo, doméstico, estúpido como Oly de Garfield? Una panzada de gansos, unos bocaditos de ternero recién parido, y a correr por las pampas como endemoniados: ésa es vida. Ésa es la libertad con que, en sus cavilaciones, sueña todo perro bien nacido. Hasta el más fletito poodle-toy sueña con zamparse un cordero o con triturarle el pescuezo a una gallina ponedora con sus colmillos como agujas. Y conste que escribo esta defensa perruna a mi pesar, con un poco de sangre en el ojo, porque ayer en el Emporio La Rosa un quiltro retamboreado me dejó el pulgar colgando de un seco y maletero mordisco.

Los quiltros de Chaitén –falderos, pastores o del oficio que sea– nunca han estado mejor en toda su vida que ahora, dándoles el bajo a los potrillos, a los pavos, a los patos y a cuanta cosa se mueva sobre el polvo.

Televisión y literatura

Matías, el coprotagonista de El amante sin rostro , es un escritor incipiente, acaba de publicar su primera novela y también ha escrito teleseries, tal como hizo Jorge Marchant durante muchos años.

“Ha habido cierta crueldad en torno al doble oficio de trabajar en televisión y escribir novelas. A mí, en los años 80, se me castigó por escribir teleseries (Volver a empezar , entre ellas) y descuidar el terreno literario. En este momento, hay un gran contingente de escritores que publican y están en la televisión, y se les respeta mucho más”, comenta.

 
 
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