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Espléndidas cavernas

Leonardo Sanhueza

L os discursos que auguran la pronta entrada de Chile al círculo de los países desarrollados, pese a toda la parafernalia numérica y gráfica que los refuerza, producen una sensación de artificialidad o inverosimilitud. Los economistas pueden dar las cifras que quieran y aun tener toda la razón de su parte, pero hay otras realidades que nos distancian perceptiblemente, para bien o para mal, de aquellas tierras prometidas y de las ciudades espléndidas de las que hablaba Rimbaud. No se trata sólo de la flagrante contradicción entre las predicciones económicas y la simple observación de las injusticias sociales. A cada rato, y por lo general en cosas totalmente fútiles, nos topamos con recordatorios de nuestra precariedad y primitivismo.

Es cierto, por ejemplo, que comprar algo en una multitienda de Santiago puede no ser muy distinto de hacerlo en Europa. Ahí tendríamos, pues, una señal de desarrollo. Pero también es cierto que en el momento en que pedimos que nos envuelvan nuestra compra para regalo aparece el Chile de las cavernas en gloria y majestad. Desde la pregunta idiota “¿hombre o mujer?”–o peor: “¿niño o niñita?”– hasta la demostración de torpeza manual más escandalosa que se pueda ver en el planeta, pasando por unos diseños de papel horroroso y la estúpida roseta de plástico a tono, la sección de empaque de las tiendas no sólo es entera subdesarrollada, sino que grita a todos los vientos que Chile seguirá siendo, de aquí a la eternidad, un país sin vuelta que darle.

Podemos ser pobres o ricos: ése es otro cuento. Con dinero o sin dinero, seguimos y seguiremos siendo los reyes de las soluciones absurdas, aparatosas, inconducentes. Ahora es posible ver cómo proliferan las nuevas patentes de automóviles con cuatro letras y dos números. Es decir, poder adquisitivo, vida veloz, confort, modernidad pura y dura. Pero, a la par de esa evidencia incontestable para el cacareo del desarrollo, ¿cómo interpretar que hayamos creído de lo más inteligente y civilizado eliminar las vocales del conjunto posible de combinaciones para evitar que los autos anden diciendo “puta”, “caca” o “pico” por las calles? En lugar de aprovecharlas para vendérselas a los extravagantes o a las chicas rudas, se botan todas a la basura para que no se nos sonrojen los vejestorios de la civilidad.

A mí en particular no me molestan ese tipo de situaciones, más bien me parecen divertidas y hasta llevaderas en su ridiculez. El punto molesto y neurotizante es tenerlas día a día en las narices y escuchar, como música de fondo, la cantinela del inminente desarrollo del país. Bueno, eso también puede ser divertido, pero es ciertamente menos inocente y más envenenado, porque el florilegio de augurios sobre el desarrollo está impreso sobre realidades soterradas donde campea el abuso, la dominación, la codicia, la ignorancia y las demás perlas de la producción.

En economía, como en el fútbol, lo importante parece ser clasificar, rato-neando hasta el último punto y rogándoles a todos los santos que los demás jueguen para nosotros. Siempre atentos al ránking, nunca a la pelota. Angustiados consuetudinariamente, nerviosos ante el rival, infelices de ser como somos, capaces de cualquier cosa por ser considerados, ninguna imagen nos retrata mejor que la del Cóndor Rojas tirado en el Maracaná junto a una bengala humeante. ¿Y qué pitos vamos a tocar en el Mundial? Ya se verá.

Narradores esperan el diluvio en un zoológico de bolsillo

Publican El arca, animalesca antología de cuento hispanoamericano

M ientras aún resuenan algunos ecos de la bombástica Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano , aquella selección de autores menores de 39 años que pretendía resolver la pregunta “¿Hacia dónde va la literatura latinoamericana actual?”, en Chile acaba de surgir una especie de “Santiago 31”: El arca. Bestiario y ficciones de treintaiún narradores hispanoamericanos , publicada bajo el recién nacido sello Sangría Editora (ver recuadro).

El volumen, compilado por la mexicana Cecilia Eudave y el peruano Salvador Luis, tiene la peculiaridad de ser un conjunto de relatos escritos a pedido por cada uno de los treintaiún autores, a los que se les impuso la condición de crear un texto en que figurara un animal real o imaginario, para confeccionar así un equivalente libresco del arca de Noé.

A cada autor se le asignó la letra inicial de su bestia a elección. El argentino Norberto Luis Romero fue asociado a la A y aportó con su cuento “Araña”. El ecuatoriano Leonardo Valencia tuvo que apañárselas con la Ch y contribuyó con “Chanchos”. Y así, sucesivamente: delfines, escarabajos, maras, ñañarapus, osos, quirópteros, rinocerontes, serpientes, cocodrilos, etcétera.

Para la mayoría la elección era pan comido: Álvaro Bisama, por ejemplo, no tuvo problemas con la letra G y escribió lo único que al parecer se puede escribir con esa letra: “Gatos”. A Alejandro Zambra, en cambio, no le era fácil escoger un animal con Z (¿zopilote?, ¿zarigüella?), pero finalmente salió airoso con su relato “Zancudos”. Además de esos dos escritores, la tripulación chilena de El arca se completa con los nombres de Claudia Apablaza con “Pulgón” y de Carlos Labbé con “Aguas abisales”.

A otros la suerte definitivamente los hizo bailar con la fea: el boliviano Edmundo Paz Soldán, abatido por la difícil letra W, cortó por lo sano y escribió acerca del neobicho “W”. El guatemalteco Maurice Echeverría, corriéndose por la tangente, se matriculó como “polizón” del buque-zoológico y entregó un relato sobre ningún animal: “La ruina que vino a Sara”.

Con esa particularidad metodológica, la de desafiar a los antologados al lúdico pero riesgoso ejercicio de la escritura por encargo, el libro esquiva las pretensiones canonizadoras de las antologías habituales de escala continental, como la mencionada Bogotá 39 , de cuya sombra –para decirlo futbolísticamente– consigue desmarcarse hasta en la factura editorial: mientras aquélla es elefantiásica, El arca cabe en un bolsillo. Aunque los autores son mayoritariamente latinoamericanos y menores de 39 años, la inclusión de algunos españoles y de un par de cincuentones parece apuntar también en esa dirección.

Guiones y novelas

Carlos Labbé, uno de los tres gestores del naciente sello Sangría Editora, explica que éste surgió literalmente por hastío, en medio de las incomprensiones de sus trabajos en el caprichoso campo editorial. “Estábamos cansados de que cuando proponíamos publicar una fascinante novela del año veinte nos miraran con el entrecejo los mismos que nos pagaban tarde, mal y nunca para después decir que nuestro trabajo estaba lleno de erratas”, recuerda.

–¿Qué libros publicarán?

–Nuestros próximos libros serán La sombra del humo en el espejo , una novela de viajes de Augusto D’Halmar, que dará inicio a nuestra colección Reserva de Narrativa Chilena, y luego un guión de Roberto Brodsky, que por su parte inaugurará nuestra colección Escritura del Presente, donde postulamos que los guiones bien escritos e interesantes pueden ser leídos literariamente, como textos perdurables.

 
 
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