La historia del loquito del ajedrez, el enemigo público de Estados Unidos
Bobby Fischer, el genio, murió en Islandia, cerrando un capítulo cabezón del siglo XX
B obby Fischer fue como el Mohamed Alí del ajedrez: seco para los combos mentales, pero acabó mal, como tantos boxeadores que naufragan cuando bajan de un ring. Porque no saben hacer otra cosa. Fischer no sabía, tenía un coeficiente intelectual de 181, superior al de Einstein, se dice, pero era un inculto en cualquier cosa que no fuera un tablero de ajedrez con sus trillones de movidas posibles.
Harold C. Schonberg, autor del libro “Grandes Maestros del Ajedrez”, escribió según “The New York Times”: “Fue Bobby Fischer quien, sin ayuda de nadie, hizo que el mundo reconociera que el ajedrez, ejecutado en su nivel supremo, era tan competitivo como el fútbol, tan conmovedor como un duelo a muerte, tan estéticamente bello como una obra de arte, tan intelectualmente exigente como cualquier acto humano”.
Vamos a los hechos significativos. En 1965 logró que Fidel Castro se comprometiera a no usar políticamente su visita a Cuba para un torneo. En 1972 Henry Kissinger le rogó que combatiera contra el soviético Spasski en Reikiavik, Islandia: en una mesa se enfrentarían el comunismo y la democracia. Y la bipolar pelea la ganó la democracia; por primera y única vez un estadounidense destronaba a los soviéticos como el mejor del mundo.
Su triunfo convirtió por primera vez al ajedrez, un juego de nerds , en algo cool en Estados Unidos. Hizo que los tableros subieran de precio, que los profesores de a tanto la hora cobraran más, que los ajedrecistas perdedores se volvieran un poco encantadores.
Pero la fama lo tumbó. En 1973 se replegó como bicho huraño. Se dice que vivió en Hungría, Suiza, Filipinas. Le ofrecieron millones por jugar, el dictador filipino Ferdinand Marcos, el shah de Irán, pero nunca quiso. Se comenta que en California vivió casi como vagabundo. Se sabe que inventó un reloj para el ajedrez. Denunció que las computadoras le quitaban el misterio al juego.
Despotricó contra EE.UU., los judíos, leía a nazis. El 11/09 del 2001 celebró los ataques: “¡Estupendas noticias!”. Creía que lo querían asesinar.
En 1992 salió de su ostracismo y se subió al ring con Spasski, en Yugoslavia. Un amor húngaro –una chica de 19– lo convenció. EE.UU. dictó una orden de captura en su contra, por el embargo que pesaba sobre los balcánicos. Le ganó a Spasski, se embolsó US$5 millones y se ocultó de nuevo.
“Fischer era un rebelde en jaque perpetuo, perseguido por la Casa Blanca, pero también por muchos más en su paranoia, que le llevó a desarrollar una doble o triple personalidad, antitética e insoportable para quienes le conocimos en la intimidad”, escribió en “El País” Leontxo García.
El año 2005 quiso salir de Japón, pero su pasaporte ya no era válido. Estuvo nueve meses preso. Lo iban a extraditar a Estados Unidos. Islandia le mandó un salvavidas –un pasaporte– y volvió a la mítica Reikiavik. Y murió a los simbólicos 64 años, como las 64 casillas de un tablero de ajedrez.
El maestro chileno que le ganó y dejó llorando a Fischer
El norteamericano tenía 16 años y era sexto del mundo
A Carlos Jáuregui le faltó ponerle sal a Bobby Fischer cuando le tocó enfrentarlo en el Torneo Internacional de Ajedrez Arturo Alessandri Palma en 1959.
“Le planteé un gambito de dama y su defensa fue poco intensa, y él era de juego muy intenso. Entonces tomé la delantera, me fui por el flanco de damas y entré con todas las piezas, le gané la dama incluso”.
“Después de abandonar me dio la mano y firmó la papeleta donde se anotan las movidas. Ahí se le salió una tremenda lágrima que cayó en mi papeleta, la que conservo”.
La partida está relatada en el súper ventas para ajedrecistas, “Cómo Vencer a Bobby Fischer”: “Perdió superado por el estrés sicológico que significa jugar en contra de un oponente especialmente bien preparado. Una de sus derrotas más estrepitosas, y a manos de un jugador sin el título de Gran Maestro”.