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Patricia Espinosa

Una tormenta empalagosa



E l libro Nocturno de Chile , de Roberto Bolaño, originalmente se iba a llamar Una tormenta de mierda . Creo que se vuelve inevitable asociar ese título con Música marciana , la nueva –y segunda– novela de Álvaro Bisama. La vinculación con el volumen de Bolaño se revela en la obra del autor porteño no sólo por lo que simboliza estilísticamente aquel temible fenómeno climático, sino también por el protagonismo que alcanza el empleo del monólogo interior. Y el resultado está a la vista: el torrentoso libro de Bisama es como aquellas bandas tributo que intentan vestirse como sus ídolos y terminan exagerando patéticamente la representación.

Música marciana tiene la forma de una galería en la que se presenta al padre, un famoso pintor, escultor y poeta chileno que hizo su carrera en Europa, con ecos de Roberto Matta, y a cada uno de sus quince hijos. Ese progenitor representa el rol del padre terrible, cuyos vástagos con mujeres de diversas nacionalidades tendrán siempre un destino trágico. El hilo conductor es la voz de un anciano, uno de los hijos, que vive en Reñaca a la espera de un huracán que barrerá con todo, mientras escribe su anecdotario familiar sobre la base de estampitas maqueteadas y recicladas del cine, la televisón, el cómic, la literatura. El narrador no sólo ha vivido en Coney Island: también ha sido drogadicto y narcotraficante, y además estuvo casado con “una negra que murió de sobredosis”.

Bisama parece amar el cliché y lo utiliza sin asco en la construcción de cada personaje. La sobreabundancia de estereotipos de artistas, locos, adictos, obsesos que habitan Japón, Vietnam, Chiloé, París, California, Memphis, Buenos Aires o Berlín, termina por saturar y volverse asfixiante. Aun cuando el narrador niegue la posibilidad de una trama, ésta emerge abortando un proyecto que sin duda pudo ser demoledor. Bisama escribe con soltura, pero padece de incontinencia y hay grandes segmentos de la novela que pudieron eliminarse; además, no logra suprimir la secuencialidad de una historia que se dirige hacia un final predecible, como el cierre de un círculo mítico, centrado en una estirpe maldita que da pie a un relato empalagosamente latinoamericano, que es justamente lo que a Bisama le provoca tirria.

En efecto, el autor pretende desligarse con todas sus fuerzas de aquello que denomina “horribles novelas latinoamericanas con parentelas multiplicadas hasta el cansancio”, pero, por desgracia para él, nunca consigue desprenderse de aquel formato garciamarqueano que denuncia. En principio por el uso de un lenguaje barroco, desbordante, amplificado a su máxima expresión. Y, luego, porque el concepto de familia freak macondiana se mantiene. No basta entonces con situar a los personajes en el Primer Mundo, como señala el autor, para romper con la figura del pater familias espejeado en el dictador, otro gran cliché latinoamericano, ni con la prole sometida a una maldición. La mirada hiperbólica destruye la intimidad de los personajes, no hay silencio, sino ruido, interferencias como en una pantalla de televisor dañada. Esto pervierte el posible flujo delirante, cayendo todo en una verdadera orgía de estereotipos que terminan por traicionar los propósitos de la novela.

Música marciana

Álvaro Bisama, Emecé, 2008, 212 páginas.




21-10-2018